
Recuerdo un día que Luís Mariñas, el añorado periodista a quien conocí en mi etapa en Tele5, dijo en conversación privada –hablando de Francisco Umbral– «hay tíos que no le pueden gustar ni a su propia madre». Excelente definición, que a veces aplico, como en el caso de Boyero.
Definitivamente, la vida seria distinta si no existiera este personaje, con su cándido idiotismo cada vez que abre la boca (o escribe) para hablar de cine. Incapaz de entender lo que entendería un niño de cinco años, se queda estupefacto ante lo obvio y consigue esa relación con el público a través del ejemplo viviente del valor de la mediocridad.
Convence, sin provocar complejos de inferioridad entre sus secuaces, porque representa un modelo que nadie tiene que esforzarse para alcanzar, porque cualquiera ya está a su nivel. Mediocre, banal, conservador, superficial, ingenuo, siempre enseñando esas cualidades con las cuales el espectador medio ya se identifica. Odia a Almodóvar, le parece excelente la peor entre las películas candidatas en 2026 al Oscar® (me refiero a la insoportable ñoñez de Train Dreams), le aburren las películas lentas, no entiende las películas de acción… en resumen, encarna los valores más banales del espectador medio.
Para mí es un faro, un gurú que no falla: cuando aconseja una película, cambio de acera para no correr el riesgo de pasar delante de la sala donde la proyectan, y cuando habla mal de otra, me entra inmediatamente la necesidad de ir a verla, porque su malgusto es completamente fiable. Gracias, Carlos Boyero.

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