Recuerdo un día que Luís Mariñas, el añorado periodista a quien conocí en mi etapa en Tele5, dijo en conversación privada –hablando de Francisco Umbral– «hay tíos que no le pueden gustar ni a su propia madre». Excelente definición, que a veces aplico, como en el caso de Boyero.
Definitivamente, la vida seria distinta si no existiera este personaje, con su cándido idiotismo cada vez que abre la boca (o escribe) para hablar de cine. Incapaz de entender lo que entendería un niño de cinco años, se queda estupefacto ante lo obvio y consigue esa relación con el público a través del ejemplo viviente del valor de la mediocridad.
Convence, sin provocar complejos de inferioridad entre sus secuaces, porque representa un modelo que nadie tiene que esforzarse para alcanzar, porque cualquiera ya está a su nivel. Mediocre, banal, conservador, superficial, ingenuo, siempre enseñando esas cualidades con las cuales el espectador medio ya se identifica. Odia a Almodóvar, le parece excelente la peor entre las películas candidatas en 2026 al Oscar® (me refiero a la insoportable ñoñez de Train Dreams), le aburren las películas lentas, no entiende las películas de acción… en resumen, encarna los valores más banales del espectador medio.
Para mí es un faro, un gurú que no falla: cuando aconseja una película, cambio de acera para no correr el riesgo de pasar delante de la sala donde la proyectan, y cuando habla mal de otra, me entra inmediatamente la necesidad de ir a verla, porque su malgusto es completamente fiable. Gracias, Carlos Boyero.
«Frescura» es un adjetivo que mejor se entiende aplicado a una ensalada que a una pieza artística. Sin embargo, esta película escrita y dirigida por la joven Isabel Hagen es un ejemplo de lo que se puede definir con ese adjetivo. La trama es bien sencilla: una violinista graduada en la prestigiosa Juliard School de Nueva York va buscándose la vida, o al menos el sustento, a través de su talento, debatiendo opciones.
La trama tiene mucho de autobiográfico: Isabel Hagen se graduó en la Juliard School y participa en talk shows, y de allí probablemente procede su vis comica.
¿Será capaz de seguir en su carrera de directora y guionista, o solo lo hizo en una ocasión puntual como esta, de tono autobiográfico? Ojalá siguiera en su camino cinematográfico, porque parece que le sobre talento.
Película de producción europea (Alemania, Bélgica e Italia), que cuenta para su éxito (en realidad, no tuvo mucho, ni lo merece) con el factor étnico (hablamos de somalíes, y aunque no sepamos situar a Somalia en el mapa, nos parece mal hablar mal de una película donde todos son pobres y negros), y con el factor edad, porque la protagonista es una niña. Niña, negra, pobre y con un sueño, y la comida está servida.
A pesar de estos argumentos tan fuertes para chantajear al espectador, la película no lo logra. En primer lugar, da por descontado que sepamos donde está Somalia, que conozcamos que desde hace 30 años allí se desarrolla una guerra civil, que hay una guerra tribal, una guerra entre clanes, y otra entre señores de la guerra (me refiero a los vendedores de armas). Hay algunas referencia muy confusa a que hay tensiones, como cuando una patrulla de milicianos reprocha a Samia correr sin velo (¡vaya amabilidad de gente! Que se lo cuenten a los taliban) o cuando madre dice a Samia que no salga a correr por las calles, que es peligroso. Referencias demasiado superficiales para una situación tan compleja.
Volviendo al tema, me parece que una vez más se confunden dos elementos, habitualmente necesarios ambos para que una película sea redonda: la story y el story telling. Son dos conceptos muy distintos, y el flop de uno de los dos puede hundir un film. No siempre es así, porque la fuerza de uno de estos dos elementos puede ser tan intensa, que nos hace olvidar la flaqueza del otro.
Para poner ejemplos, Clint Eastwood, ciertamente no un santo de mi devoción desde muchos puntos de vista, posiblemente es el story teller actualmente más relevante, capaz de involucrarnos a nivel anímico con cualquier historia que grabe, por mala, cursi o banal que sea.
Eso pasa también en la literatura. Otro santo NO de mi devoción desde el punto de vista socio-político, Mario Vargas Llosa es alguien que podría hacer literariamente interesante, si la contara, la receta del huevo frito.
Samia flaquea en ambos aspectos. Aunque quizás la historia pueda interesar a algún racista converso, está tan mal contada que no consigue en ningún momento apasionarnos. Hay otros elementos risibles, que no cuento para no explayarme demasiado, pero en conclusión, la película no vale mucho.
«Mi abuela extremeña», corto muy corto (7-8 minutos) de una directora local, muy local (de Navalmoral de la Mata) es una ‘entrevista’ que la directora hace a su abuela Victoria Carrasco. El éxito de las entrevistas no depende tanto del entrevistado (entrevistada en este caso), sino de la capacidad de quien hace la entrevista. La protagonista, doña Victoria Carrasco, lúcida a pesar de la edad, con una carga emocional importante y muy capacitada para contar cosas, tuvo que enfrentarse a una entrevistadora muy dócil y muy blanda, incapaz de sacar jugo de una ocasión importante y bastante irrepetible. El documental –si esta es la palabra– se limita a un monólogo de la protagonista que, en otro contexto, seguramente tendría mucho más que decir.
Detrás de esto se puede entrever –sin justificarlo– el tema temporal, de prisas, confesado por la misma directora, que volvió de México para Navidad y tuvo que recolectar en un lapso de tiempo limitado el material. El tema tiempo es comprensible, pero no sirve de justificación. Desconozco las capacidades de Livia Drusila Castro, pero intuyo –y rezo que así sea– que sus cualidades como directora y guionistas vayan más allá de la pobreza de este cortometraje.
En el aspecto meramente fílmico, el corto tampoco destaca. Faltan planos de recurso, hay fallos de encuadre cuando no los hay de enfoque, y la posproducción tampoco parece muy cuidada, empezando por un etalonaje poco coherente. ¿Las prisas? Las prisas, sí, pero hay casos en que tal vez sería mejor esperar.
Bonita la sala, gran afluencia de público y algún que otro fallo técnico. Pero, la sala es un teatro y el que estaba al frente de las conexiones y de la proyección del corto no es un especialista. Vamos, tampoco es especialista –cuando tendría que serlo– el proyeccionista de la sala de cine, que acumula más fallos que aciertos en las proyecciones de los martes.
Martes 17 de marzo los imprevisibles y oscuros criterios de la Filmoteca de Extremadura nos sometieron a la visión de una película dirigida y escrita por Éric Besnard: Louise Violette, (título original, la transposición al español es La primera escuela). Una película que de la mano de un Costa Gavras hubiera resultado un reivendicación nada subliminal de lucha de clase, una celebración de las conquistas sociales de la recién nacida République, un manifiesto de coherencia política, dirigida por Besnard se convierte en una melosa anécdota donde poco hay que comentar, una historia empalagosa plagada de cristianismo, perdón, paz social y buenos sentimientos. O sea, la conclusión es que al fin y al cabo «todo el mundo es bueno», algo que cualquier humano a partir de los 3 años sabe que es mentira.
Pocas ganas también de entrar en el argumento primordial de la oposición de los campesino hacia la escolarización obligatoria. En la sociedad pre-industrial, los hijos eran mano de obra barata para ayudar en el campo, y ese argumento solo se menciona una vez, y de forma muy superficial.
Ñoñez aparte, se me ocurre pensar que repasando la filmografía de un director –o de un guionista– a menudo se pueden deducir por qué pata cojea. A veces baste con repasar los títulos (originales, por favor) de la carrera de Éric Besnard: Comme un fils, Le choses simples, L’esprit de famille, Le goût des merveilles, …, o sea, un largo listado ya de por si solo empalagoso. ¿Cómo se puede pensar que un director de estos gustos y características pueda contar con pulso y credibilidad la historia heroica de una mujer de aspecto monjil que participó en la Comuna de París, viuda de un luchador social, que por su propia iniciativa decide dedicarse a la enseñanza pública y laica en un lugar olvidado por Dios y por los hombres?
La protagonista, Alexandra Lamy (L’embarass du choix, 2017; Tout le monde debout, 2018), credibilidad aparte, lo hace bien, y lo mismo se puede decir de todo el equipo. La fotografía es tan fácil que difícilmente tiene méritos propios –más sorprendente hubiera sido pifiarla– es correcta, a pesar de algunos encuadres francamente sin sentido. Los decorados, muy logrados. Todo lo demás, para olvidar.
Amy Adams in Nightbitch (Image credit: Anne Marie Fox/Searchlight Pictures)
Marielle Heller dirige en 2024 Nightbitch con pulso bastante firme e ideas innovadoras. Nos habla de la familia, de la maternidad, vamos, de lo de siempre, pero desde un punto de vista alternativo –y aunque solo fuera por eso, revolucionario– y muy fresco.
Una Amy Adams sorprendentemente regordeta interpreta a una madre en todo su realismo, una madre consciente de que la maternidad no es un don divino, ni un privilegio, ni una meta. No da por descontado lo que la moral judío-cristiana de la industria cinematográfica occidental celebra (casi) en todas las películas: que la maternidad es un don divino, un plan maravilloso y sin fisuras.
La pregunta de siempre: ¿por qué en la retransmisión de los Oscars de Movistar+ tienen que traducir en directo lo que dicen en inglés? Prefiero no entender una broma, antes que tenerme que tragar las sandeces incomprensibles de una traducción instantánea.
La previsible lluvia de premios para One Battle After Another daba pie a la esperanza de que ‘alguien’ de los premiados pudiera hacer alguna afirmación anti establishment. Nada, el único testimonio fue el de Sean Penn, siempre en primera línea, esta vez con su ausencia. Sí que Javier Bardem hizo una llamada a la paz –con la boca pequeña y su conocida incapacidad para vocalizar– cuando le tocó presentar el Oscar: «Not to war and free Palestine», y fue prácticamente el único llamamiento explícito en la gala 2026.
Y ¿dónde está la originalidad de un guión de una película que es una versión más oscura (tb. por el color de la piel de los actores) de la muy digna From Dusk Till Dawn (R. Rodríguez, 1996)? A ese premio siguió una lluvia de reconocimientos de la Academia. Me gusta pensar que fue más por el sentido de culpabilidad de los académicos –por haber ninguneado durante tantos años la raza negra– que por méritos intrínsecos de Sinners, más violenta y en general menos lograda que la película de Robert Rodríguez.
¿Ami Madigan mejor actriz de reparto? Que así sea, no digo que no, pero ¿debe ser para algo tan horrible como Weapons? Podían habérselo dado en 2024 por Brooklyn, Minnesota, cuando ese premio lo ganó una desconocida Da’Vine Joy Randolph por The Holdovers, un premio del todo inmerecido para una actriz que lo sigue siendo y una película de corto recorrido.
¿Los deberes? Ver otra Sinners, intentando despojarme de los prejuicios, y quizás ver de nuevo Weapons, quizás esta vez con un justificado avance rápido.
Me llaman la atención afirmaciones del tipo «no es el típico cuento de hadas». Porque lo es y, sobretodo, es la filmación de una realidad distorsionada y teñida de rosa del mundo de la prostitución. Sin ser un experto, dudo de que las trabajadoras sexuales puedan permitirse alternar sesiones de lap dance para un cliente con agradables descansos de charla con colegas, fumando un cigarrillo. A pesar de mi desconocimiento, ojalá la vida de una sex worker fuera tan envidiable.
Entonces, otra vez caemos en que las películas, de las que Anora es un ejemplo, nos enseñan la realidad que la mayoría del público quiere ver. Y me perecería muy bien, si quien opina se abstuviera de de añadir la coletilla de que «no es el típico cuento de hadas».
Superado este escollo, y hablar por fin de Anora, hay que decir que la película es entretenida y tiene ritmo. Los actores y las actrices, así como el decorado (Coney Island, Brighton Beach,…), la fotografía, el montaje y el etalonaje, todo es correcto y contribuyen a que la película transcurra de forma agradable.
Un buen guión al servicio de una buena película. Con un reparto encabezado por Luís Tosar y Carolina Yuste, esta visión desde dentro de una trágica realidad todavía reciente (ETA) es un soplo de aire fresco en la filmografía española.
Carolina Yuste (Carmen y Lola, 2018) representa a una agente de policía muy decidida y valiente que acepta infiltrarse en la organización de ETA. Su interpretación, fresca y al mismo tiempo dramática, nos transmite el pathos de esa situación extrema. Su jefe, Luís Tosar, aparentemente cínico y duro, a lo largo de la película nos revela su carácter más profundo. La directora de la película en ningún momento se deja arrastrar por la pasión, o el disgusto, o la rabia. para ofrecernos una lectura casi periodística de los acontecimientos, asignando a cada uno de los actores/actrices su papel, sin desviarse nunca de la ‘misión’ de cada personaje.
Luís Tosar (como casi siempre) borda su papel, y lo mismo diría de Carolina Yuste, muy equilibrada y lúcida. Es una buena película que trata de argumentos peliagudos que podrían llevar a un exceso de dramatismo, y no lo hacen. Quizás el único punto negativo a destacar quizás es la personalidad de Sergio (interpretado por Diego Anido), una personalidad demasiado simple, linear, sin facetas… En conclusión, una buena película con un guión bien contado y buen ritmo.
Hace poco, hablando de C.R.A.Z.Y., mencioné el tema del envejecimiento de las películas. Unos días atrás quise ver otra vez una breve secuencia de The Secret Life of Words (Isabel Coixet, 2005), de la misma quinta de C.R.A.Z.Y.
Baste con decir que, después de ver lo que me interesaba, volví a verla entera, saboreando cada fotograma y cada sílaba pronunciada. Cuando la vi por primera vez le había puesto un 8 en IMDB, y tuve la tentación de subirle el voto, cosa que no hice porque es algo que no acostumbro hacer (aunque confieso que a veces he bajado votos).
Perfecto el título, y una vez más hay que reconocer que la Coixet y Almodóvar son únicos y extraordinarios en acertar el título de sus películas. Y el cuento de la película fluye de forma tan natural que es difícil no entrar en las emociones de los personajes.