Martes 17 de marzo los imprevisibles y oscuros criterios de la Filmoteca de Extremadura nos sometieron a la visión de una película dirigida y escrita por Éric Besnard: Louise Violette, (título original, la transposición al español es La primera escuela). Una película que de la mano de un Costa Gavras hubiera resultado un reivendicación nada subliminal de lucha de clase, una celebración de las conquistas sociales de la recién nacida République, un manifiesto de coherencia política, dirigida por Besnard se convierte en una melosa anécdota donde poco hay que comentar, una historia empalagosa plagada de cristianismo, perdón, paz social y buenos sentimientos. O sea, la conclusión es que al fin y al cabo «todo el mundo es bueno», algo que cualquier humano a partir de los 3 años sabe que es mentira.

Pocas ganas también de entrar en el argumento primordial de la oposición de los campesino hacia la escolarización obligatoria. En la sociedad pre-industrial, los hijos eran mano de obra barata para ayudar en el campo, y ese argumento solo se menciona una vez, y de forma muy superficial.
Ñoñez aparte, se me ocurre pensar que repasando la filmografía de un director –o de un guionista– a menudo se pueden deducir por qué pata cojea. A veces baste con repasar los títulos (originales, por favor) de la carrera de Éric Besnard: Comme un fils, Le choses simples, L’esprit de famille, Le goût des merveilles, …, o sea, un largo listado ya de por si solo empalagoso. ¿Cómo se puede pensar que un director de estos gustos y características pueda contar con pulso y credibilidad la historia heroica de una mujer de aspecto monjil que participó en la Comuna de París, viuda de un luchador social, que por su propia iniciativa decide dedicarse a la enseñanza pública y laica en un lugar olvidado por Dios y por los hombres?
La protagonista, Alexandra Lamy (L’embarass du choix, 2017; Tout le monde debout, 2018), credibilidad aparte, lo hace bien, y lo mismo se puede decir de todo el equipo. La fotografía es tan fácil que difícilmente tiene méritos propios –más sorprendente hubiera sido pifiarla– es correcta, a pesar de algunos encuadres francamente sin sentido. Los decorados, muy logrados. Todo lo demás, para olvidar.

Deja una respuesta